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os amigos intentan escapársele a un  toro enfurecido en un potrero.  Corren lo más rápido que pueden pero el toro los acorrala.  Al dar vuelta alrededor de un grupo de árboles se ven arrinconados contra una cerca muy grande. 

El toro al olfatear el perfume de la victoria se prepara para el ataque final .

“Bueno, ahora si es un buen momento para rezar una oración,” pronunció entrecortadamente el primer amigo.  “Te sabes alguna?”

“No, no puedo recordar ninguna.”

 “Con seguridad te sabes una.  Tu provienes de una familia religiosa, apresúrate, reza algo, CUALQUIER COSA!”

“Ah si, mi papá reza esto a la hora de la comida …”

“Por Dios Santísimo dila !”

“Oh Señor por favor haz que estemos realmente agradecidos por lo que vamos a recibir.”

Cuando la oración se convierte en un reflejo mecánico pierde su valor y solo sirve para pacificar nuestra conciencia... hasta la muerte.  La oración verdadera no es algo que memorizamos o recitamos, es una llamada del alma que musitamos con cada respiración y con cada palpitación del corazón.   En el siglo tercero la oración de los Padres del Desierto era "Ven, oh Dios mio" y ellos la dejaban resonar en sus mentes, corazones y respiración las veinticuatro horas del día. 

En la Biblia,  Tesolonisenses 1 5:17 San Pablo, en lo que ha sido uno de los retos religiosos más grandes de todos los tiempos, nos exhorta a "rezar constantemente" .  Esto nos parece imposible solamente porque no entendemos lo que significa la oración.  San Francisco de Asís nos dió la clave cuando dijo: "Si, rezad contantemente, aún con palabras si es necesario".
 

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